TREINTA Y CINCO AÑOS DEL BELLO BARRIO

Escribe MAURICIO REDOLÉS

En junio de 1985 volví a Chile, y en diciembre de ese año me visitó en Santiago un músico que yo había conocido en Londres y que estaba de paso por Chile. Su nombre era Luis Núñez y usaba el seudónimo de “Richy”(1) Cuando “Richy” llegó a Santiago, le conté que tenía ganas de armar un grupo de rock y blues en el cual me acompañaría de mi propia guitarra eléctrica (que me había prestado en principio y luego regalado, Sergio León, un amigo venezolano que había conocido en Londres), y me acompañaría también de mi fiel guitarra acústica Ovation. Y también tocaría teclados Alejandra, mi pareja en aquella época. Ella se había traído de Londres un sintetizador Roland modelo JUNO-6. Richy me dijo que trataría de ubicar al guitarrista y al baterista que tocaban con él antes del golpe de estado. El guitarrista era Alejandro Rivera y el baterista era Ulises Guendelman (2). En el verano del año 1986 empezamos a ensayar, Alejandra en teclado, Alejandro Rivera en guitarra y yo en voz y guitarra, en el departamento en que vivíamos en la Avenida Carlos Valdovinos cerca de donde comienza o termina la calle Bascuñán Guerrero. La verdad es que nos costaba mucho avanzar, en parte por mi inexperiencia como guitarrista de rock o blues y además porque Alexandra no tenía mayor conocimiento de música popular, aunque sí tenía una gran preparación como pianista de música clásica. Y para más remate Alejandro (quien era  géminis y serpiente de 1953, como yo) tenía poca paciencia y muy mal genio (como toda serpiente géminis ¡ejem!). Lo positivo era que Alejandro era un guitarrista extraordinario, amén de ser muy bueno e imaginativo haciendo arreglos. Así, sin estar aún preparados todavía para llamar a Ulises y buscarnos un bajista, pasaron 9 meses. Y el 7 de septiembre de 1986, ocurrió el atentado contra el tirano. La CNI me retuvo por unas horas en la casa de mi madre, allanaron otra casa de mi familia, se llevaron varias maletas con fotografías, cuadernos, y recuerdos de mi mamá y se fueron diciendo, como en la canción de Los Twist: “Nos volveremos a ver”. Presenté un recurso de amparo, se dio órdenes a la Policía de Investigaciones para que averiguaran el porqué de mi retención en la casa de mi madre, amén del allanamiento de la otra casa en que se habían llevado las ya mencionadas maletas. Investigaciones me citó junto con Alejandra y mi madre a sus oficinas de Rosas y Amunátegui, y los señores detectives, con un gran sentido de humor, decidieron detenerme. Me llevaron a unos inmundos calabozos al Cuartel General de Investigaciones a la calle General Mackenna (Era tiempo donde campeaban los Generales,¡Qué duda cabe!). En ese Cuartel, yo ya había sido cliente, y había pasado más de dos meses en 1975 antes de ser expulsado desde Chile. Bueno, estábamos en 1986, y no había muchas novedades en el trato, o sea me vendaron los ojos, me amenazaron con ir a buscar a mi pareja y torturarla y de postre me ofrecieron las torturas más refinadas, que según ellos terminarían con mi vida. Y como yo nada sabía del atentado, ni menos de quienes eran los agentes de la CNI que me habían retenido, me dejaron en libertad, pero empezaron a seguirme por varios días. Luego del atentado a Pinochet, a fines de 1986, nos habíamos mudado, desde el departamento de Avenida Carlos Valdovinos, donde habíamos comenzado los ensayos, a la calle Cueto, para estar más cerca de mi madre que vivía en calle Bulnes, por si volvían los chistosos de la CNI o de la Policía de Investigaciones. En enero de 1987 y pasado el susto de las detenciones, ubiqué al batero Ulises Guendelman, y a Alejandro Rivera quien consiguió un bajista de nombre Guillermo Ruz, un enjuto y moreno profesor de música de ademanes suaves. Y comenzamos a ensayar con lo que sería el grupo que finalmente grabaría el álbum Bello Barrio. Ulises llegó a los dos primeros ensayos absolutamente borracho. Recuerdo que con Alejandra y Alejandro, tuvimos que acostarlo para que “pasara la mona”.   Poco a poco fuimos armando un repertorio que incluía El blues de Santiago, Yo también viví en Harrow Road, Ciertos especta culos de Santiago de Chile, El maestro Sandovar, Nutrias en abril, un cover de Jugo de tomate frío de Manal, que cantaba Alejandra y que nos había enseñado Alejandro. También propuse varias veces que incluyéramos en el repertorio la cumbia La Peineta, pero todas mis intenciones cumbiancheras terminaban indefectiblemente con Ulises (también géminis y serpiente de 1953) amurrado, muy enojado, y cruzándose de brazos soltaba las baquetas y decía “Yo no vine para esto”. Generalmente, luego de esa frase, había que suspender el ensayo porque la atmósfera se ponía espesa. Un día Alejandro, con una lucidez violenta me dijo “Claro, pa voh que veníh llegando del exilio La Peineta es un tema cargado a la nostalgia y a otra época. Pero pal Ulises y pa mí, que hemos sobrevivido tocando La Peineta y un repertorio cargado a la cumbia, no nos trae buenos recuerdos, nos retrotrae más bien a nuestra indigencia de músico chileno de “cancheos” en casas de putas de mala muerte pa poder parar la olla. Sin embargo lo nuestro es B.B. King, Albert Collins, Frank Zappa, la cumbia está pasá a caca y a vómito de curaos y sábanas tiesas”. También recuerdo que hubo un intento de musicalizar Pa´la linda uno, pero al no haber coincidencia entre yo y Ulises en la forma como debería terminar el tema, decidimos dejarlo fuera del repertorio. Ocurrió que en febrero de 1987 me prestaron $500.000 para arreglar la casa de Cueto en la que viviría. Los arreglos esenciales me costaron $300.000, y con los $200.00 que quedaban decidí no gastarlos en la casa (faltaba enyesar, enlucir y pintar, amén de otros múltiples pequeños arreglos), y gastar esas 200 lucas en grabar un casete. En la primera tocata de Fulano yo había conocido un sonidista con pinta de paquistaní que tenía un estudio y me había dado su teléfono por si alguna vez necesitaba grabar algo. Lo llamé, acordamos una cantidad de horas de grabación, el precio de ellas, y el día y la hora a la que debiéramos llegar a grabar a su estudio en la calle Condell.   Asistimos el día y a la hora indicada pero el dueño con pinta de habitante de Islamabad no nos abrió la puerta. En la misma camioneta que habíamos llegado nos devolvimos a la casa de Cueto. Cuando estábamos de vuelta en la casa, por si acaso, llamé al estudio y me atendió el dueño e ingeniero que había aceptado grabarnos. Le dije que habíamos estado allí y que no había nadie. Me respondió que él estaba allí con unos audífonos puestos escuchando música y que por eso tal vez no había escuchado el timbre ni los golpes en la puerta. Le propuse que nos esperara, ojalá sin los audífonos puestos, nos respondió que justo en ese momento había arrendado el estudio para grabar un comercial. La dije que nos esperara para el día siguiente, dijo que tenía arrendado el estudio por todo el mes. Nos olió a vacuna y decidimos no insistir con el joven con aspecto de paquistaní. Quedamos decepcionados, achacados, deprimidos, apestados y chatos. Ulises y Alejandro se emborracharon, Willy huyó, y Alejandra se enojó conmigo. Entre el flete fallido y la botella de pisco se nos fueron como 5 lucas de las 200 que teníamos. Al día siguiente, con 195 lucas el bolsillo y una feroz caña, salí a buscar un estudio de grabación fuera de donde fuera y viniera de donde viniera. Ulises me había dicho que en una oportunidad meses antes, había ido por Mapocho con Esperanza, o tal vez Mapocho con calle Maipú, o quizás era Herrera, que él no se acordaba bien porque había ido curado a grabar música mexicana por unas chauchas a un estudio bastante potable y que ahí era posible que nos arrendaran unas horas para grabar. Tiene que haber sido muy raro, yo con una caña insoportable un día de calor en abril de 1987, buscando un estudio de grabación en Mapocho, como si fuera Nashville. Decidí partir por  Mapocho con Herrera, entré a un almacén y le pregunté a la anciana que atendía si conocía un estudio de grabación en el barrio. La pregunta era tan rara como haberle preguntado a qué hora pasaban los ovnis por Mapocho. Pero La Más Pura Suerte, San Sebastián de Yumbel, Carlos Marx o El Cosmos, o no sé qué, estaba de mi lado porque la viejita me dijo “el caballero que esta parado en la esquina tomando una coca-cola que me acaba de comprar, graba grupos mexicanos a unas cuadras de aquí”. No podía creerlo. Salí, y con la mayor confianza del mundo, pero con torpeza inexcusable le dije, acezante y a borbotones, como un náufrago a un capitán de barco que lo va a rescatar “Hola, soy un ex exiliado, volví de Inglaterra hace unos años, fui preso político. Ahora quiero grabar un disco que suene blusero, y la señora del almacén me dijo que usted podía ayudarme”. El tipo abrió desmesuradamente los ojos y me dijo “Dices que fuiste preso político, ¿…pero, y de que partido?”, le dije “Yo soy comunista”. Él me dio la mano y me dijo “Yo también soy comunista compañero”. Todo este diálogo entre dos desconocidos, en plena dictadura fascista Guzmaniana-Pinochetista, en la esquina de Mapocho y Herrera un día de calor, era demencial, lo sé, pero él me dio el teléfono de un tal señor de nombre Mario Contreras, quien finalmente cumplió mi sueño de grabar el Bello Barrio.                                     

La Cajita del Bello Barrio.  
Sin considerarme un artista conceptual para nada, en una volá sin sentido, le conté a mi amigo Guillermo Álvarez Mesas, el año 2000, que tenía ganas, influido por el seminal trabajo del gran maestro de artistas y poetas Juan Luis Martínez, de hacer mil cajitas numeradas del Bello Barrio que contuvieran un compact disc del álbum (hasta ese momento solo existía en caset), un cancionero, postales, una copia de una carta de un admirador del Bello Barrio, una botellita de cerámica con aire del Bello Barrio, una bolsita con tierra del Bello Barrio, un espejito con luz del Bello Barrio. Guillermo Álvarez, gustoso acepó financiar el proyecto con generosidad de gato o liebre o conejo acuariano.     El poema Bello Barrio había surgido el año 1985 o 1986 en la esquina en que Mapocho y José Joaquín Pérez se unen. Por sugerencia de un amigo había ido a Mapocho a la altura del 4300 a entrevistar a unos hermanos de apellido Castillo que hacían rock pesado. Ellos tenían un taller mecánico y hasta allá llegué yo para entrevistarlos en mi investigación sobre “la sub-cultura del rock en Chile”. Cuando dejé el garaje, caminé por Mapocho en dirección oriente y al llegar a la punta de diamante donde nace la calle José Joaquín Pérez, tuve una epifanía o enlightment o satori. A algunos pastorcitos o pastorcitas se les aparece la Virgen Santísima, a mí se me apareció el Bello Barrio. De repente…,“lo vi”. Volví a Carlos Valdovinos, al departamento donde vivía y comencé a escribir el poema “Bello Barrio”. Entre correcciones, y agregados, y podas, estuvo listo en una semana aproximadamente.    Cuando Guillermo Álvarez me preguntó ¿Y de dónde vamos a sacar la tierra, la luz, el aire del “Bello Barrio” para la cajita? Le respondí -Yo sé de dónde- Y allá fuimos con Guillermo Álvarez Mesas, mi hijo Sebastián Redolés, dos amigas, Miriam Pincheira y Silvana Olmedo; y tres amigos, Mario Chong, Antonio Sandoval, y Carlos Vera. Las amigas se dedicaron a recoger tierra de un pequeño triángulo (que seguramente se había pensado como jardín) que se forma  en la punta de diamante donde confluyen Mapocho y  José Joaquín Pérez. Miriam y Silvana juntaron en unos tarros de Leche Nido suficiente tierra con caca de perro incluida para las mil bolsitas y en la casa las llenaron, procurando no poner caca de perro en ellas. Con Guillermo, Sebastián y Carlos, estuvimos por largo rato destapando las botellitas y tapándolas, mientras Antonio y Mario registraban en video y fotografía. Y con respecto a la luz se nos ocurrió poner los mil espejitos en la vereda sur de Mapocho, antes de llegar a la bifurcación con Pérez. Cuando teníamos los mil espejitos en el suelo, salió un hombre joven de una casa y le dio todo el reflejo del sol de los espejitos en la cara y entró muy asustado a su casa dando un fuerte portazo. Minutos después llegó una patrulla de la Policía Uniformada, se bajaron dos Carabineros, se acercaron a los espejitos, luego se acercaron a nosotros y preguntaron con innegable vozarrón autoritario -¿Qué están haciendo ustedes?- y yo les respondí -Recogiendo luz mi cabo. Bueno -dijeron- y se fueron. Sobre esta “acción de arte” de reunir tierra, luz y aire del Bello Barrio existe un bello video de registro que realizó Guillermo Álvarez Mesas y que será subido a Youtube con el titulo de Recogiendo Aire, Tierra y Luz del Bello Barrio (https://youtu.be/Cvg2w2EStn4).  También hay un trabajo de Vicente Undurraga en la revista digital Eterna Cadencia en que se mencionan entre las cajitas de la poesía chilena (Nicanor Parra, Juan Luis Martínez, Elvira Hernández y Verónica Zondek y la cajita del Bello Barrio).            Visítelo aquí:  https://www.eternacadencia.com.ar/blog/contenidos-originales/colaboraciones/item/la-poesia-chilena-encajada.html#.Yi5dYoV5wv0.twitter    Y también como celebración de los treinta y cinco años del Bello Barrio, muy pronto estará en Youtube el trabajo audiovisual de mi hija Florencia Redolés González, Bello Barrio (https://youtu.be/vMs5smMJ_So).   Como en el álbum Bello Barrio el finado John Lennon se aparece dos veces (Fulgor y Muerte de John Lennon y, en el mismo poema Bello Barrio en los versos “Barrio en que en la tele aún sale/el Perro Olivares y Cortázar y Arlen Siu y Víctor Jara/y Roque Dalton y John Lennon//Están posibles con la posibilidad que vivieron”). El año 2002, cuando fui invitado por el Lincoln Center a Nueva York, llevé una cajita del Bello Barrio para regalársela a la señora viuda de John Lennon, doña Yoko Ono. Así llegué una mañana al Dakota Building, entré por el portón donde se entrega la correspondencia y me atendió un guardia muy grande y gordo de piel oscura. Se dio cuenta que yo era hispano, me dijo en un trabajoso y amable español: “Usted ha de saber señor que la señora Yoko Ono ordena que toda la correspondencia que le llega a ella por esta vía vaya directamente a la basura”. No, no sabía-le respondí. Bueno, así es -me dijo el obeso guardia- y agregó “¿Quiere dejar esta caja de todos modos?”.-Así es- le respondí- y le dejé la cajita del Bello Barrio al guardia y me fui a ver las ardillitas del Central Park. La próxima vez hablo con Heraldo Muñoz antes. El álbum Bello Barrio está seleccionado en el libro 200 discos del rock chileno (1962-2012), de los autores Gabriel Chacón, Felipe Godoy, Cristofer Rodríguez y César Tudela, que fue publicado por Ocholibros Editores, el año 2020.


NOTAS  i. A Richy lo había conocido en un Festival Víctor Jara en Londres. A él le había gustado mucho mi canción La Mariana, que está en el álbum Canciones & Poemas. Estando en Londres, me invitó a su casa para que habláramos de música, y poco a poco esas conversaciones se transformaron en verdaderas clases particulares de apreciación de música popular. Richy era un excelente músico, con una extensa cultura en música popular. Había participado en el mítico álbum Congregación viene, editado en 1972 por IRT-MACHITÚN. Congregación era un grupo de vanguardia liderado por Antonio Smith que no tenía parentesco con nadie en la escena musical chilena, ni tampoco dejó “descendencia”, excepto el álbum Sol de Chile dirigido por el mismo Smith, con la participación de músicos de Los Jaivas e Illapu. Freddy Anrique, uno los músicos que participó en el disco Sol de Chile, me contó que hasta de Japón han venido a Santiago para pedirle que firme la carátula del álbum.  ii. Muchos años después de haber conocido a Ulises Guendelman y conversando con Bruno Montané (poeta que admiraba desde el lejano año 1977, cuando encontré unos poemas escritos a dos manos entre él y Roberto Bolaño en un volumen de poesía publicado en la República Democrática Alemana, libro cuyo título era “LOS POETAS CHILENOS LUCHAN CONTRA EL FASCISMO”), me enteré que ambos, Ulises y Bruno habían sido amigos y compañeros de carretes musicales. 

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